La decadencia de la clase media alta nacional (y quiénes vendrán a sustituirla)

E. F. y M. A. son un matrimonio de arquitectos con tres hijos en edad escolar, que lleva más de dos años en paro. Sus ingresos les permitían un nivel de vida cómodo, su trayectoria profesional les hacía prever una vida laboral sin demasiados altibajos y la ocupación de ambos les ofrecía seguridad: si los tiempos se torcían, al menos uno de ellos podría aportar los recursos precisos para la subsistencia. Muchos meses después de su entrada en el desempleo, y sin muchas perspectivas de que el ladrillo florezca de nuevo, su posición social dista mucho de la que una vez ocuparon, como también sus expectativas de regresar a ella.
Esta pareja de arquitectos es un síntoma evidente de las transformaciones sociales en que estamos inmersos. La crisis, y el cambio de modelo económico en que vivimos, ha generado un sustancial adelgazamiento de las clases medias en al menos 3 millones de personas. El ascensor social se ha detenido y la brecha entre la parte alta de la pirámide social y el resto está aumentando, y esa dualización, de la que se creía que las capas medias altas de la sociedad estaban protegidas, también las está afectando.
Los millonarios están sacando partido de esta situación acelerada, pero la gente simplemente adinerada no
Las señales de que las cosas están cambiando provienen mucho más de los procesos sociales en marcha que de cambios ya concluidos. Como narraba la periodista Linette López en su cobertura de SALT 2016, una célebre convención de inversores, donde se citan anualmente algunas de sus figuras más importantes, la creencia en que hay que poner el capital a trabajar mucho más que la industria está creando nuevos ricos y nuevos perdedores.
Como un multimillonario explicó a López, si las políticas económicas cambian, por ejemplo por la llegada de Trump al poder, ellos no tendrían ningún problema. Podrían subirse a sus jets privados e ir donde quisieran, trasladar el dinero a las Islas Caimán o a las Bahamas, e invertir en cualquier lugar del mundo. Pero las personas simplemente adineradas no pueden hacer eso: tienen que pagar la universidad (de la Ivy League) de sus hijos, la hipoteca de su casa de los Hamptons y los bienes de lujo que han adquirido. Están más atados a su territorio y vinculados a su suerte que ellos. Los millonarios pueden estar sacando partido de esta situación acelerada, pero la gente con dinero está mucho más limitada.
El crack financiero afectó a muchísimas familias muy acomodadas, incluso situadas en el 20% más alto de la escala social
Y algo de verdad hay en sus afirmaciones En primera instancia, porque esta clase de inversión volátil arroja continuos ganadores y perdedores. Según el economista Eduardo Garzón, “el crack financiero afectó a muchísimas familias muy acomodadas, incluso situadas en el 20% más alto de la escala social. Las enormes pérdidas financieras afectaron sobre todo a las capas más altas, que son fundamentalmente las que invierten en esos mercados. Según la Encuesta financiera de las familias, sólo el 11% de los españoles invierten en bolsa y la mayoría pertenecen al 40% más rico de la población. En los mercados financieros, cuando alguien gana mucho dinero, también hay alguien que pierde mucho. Los operadores financieros son conscientes de que hay mucha competitividad incluso dentro de los estratos sociales más altos, y que algunas familias han dejado de ser ricas aunque sigan estando muy acomodadas”.
La clase alta cosmopolita
En segundo lugar, porque como asegura Rana Foroohar en su libro 'Makers and Takers', en una economía financiarizada, Wall Street se está imponiendo a Main Street, y cada vez las clases cuyos recursos provenían de economías tradicionales ligadas a la producción y al patrimonio territorial lo tendrán más difícil frente a la clase alta cosmopolita y ligada a lo financiero.
Las clases medias altas españolas, sin embargo, no están dando muchas señales de desclasamiento, según Pau Mari-Klose, sociológo de la universidad de Zaragoza, en tanto “no ha habido grandes sectores de ella que hayan vivido procesos de movilidad significativos. Quizás han sentido ansiedad en algún momento, han atisbado una cierta amenaza de desclasamiento si perdían sus empleos, pero generalmente la sangre no ha llegado al río, y cuando lo ha hecho han tenido recursos para 'reinventarse'. A veces les ha costado un poco, han tenido que hacer algún ajuste, pero los estudios sugieren que las experiencias de adversidad han sido poco comunes. Sí que ha habido dosis considerables de angustia y ansiedad frente a la posibilidad de caer en la escala social y de frustración ante expectativas truncadas, pero poca privación material real”.
La supervivencia de los miembros de la clase media alta actual dependerá de hasta qué punto estén o no vinculados con el gran capital internacional
Pero más allá de situaciones coyunturales y de que las pérdidas sean soportadas por la red patrimonial y el capital relacional con el que cuentan, en España estamos en un momento de transición en el que las clases medias altas están separándose de los resortes que hasta la fecha les permitían gozar de una posición de privilegio. Según Garzón, “son clases que se van a transformar, como ha ocurrido siempre tras importantes cambios políticos, institucionales, económicos o culturales. Dependiendo del capital relacional y del poder de cada una de las familias, lograrán adaptarse mejor o peor a sectores económicos diferentes que les permitan mantener unas condiciones de vida similares. Algunas familias descenderán en la escala social, pero muchas serán sustituidas por otras”.
En el fondo lo que estamos viviendo es la decadencia de la clase media alta tradicional basada en el patrimonialismo
Para Luis Enrique Alonso, catedrático de sociología de la Universidad Autónoma de Madrid, esta transformación está ya produciéndose, y de modos muy similares a lo que está aconteciendo en otros países. “La supervivencia de los miembros de la clase media alta actual dependerá de sus relaciones cosmopolitas y de hasta qué punto estén o no vinculadas con el gran capital internacional. Hasta ahora, esas capas sociales, como vimos en el franquismo y en la Transición, eran clases patrimoniales y funcionariales, y estaban basadas en un colchón histórico construido sobre la base del capitalismo nacional. Y ahora eso se queda en nada, porque gran parte de ese capital nacional está siendo atacado directamente”.
Clases subordinadas
Aunque las clases patrimoniales nacionales sigan agarrándose a sus anclajes tradicionales, como los del sector inmobiliario, ocupan hoy una posición muy subordinada a las clases financieras internacionales, que son las hegemónicas. “En el fondo lo que estamos viviendo es la decadencia de la clase media alta tradicional basada en el patrimonialismo, en el puesto del funcionario y en las rentas urbanas ligadas a los alquileres de locales y pisos. Su situación es cada vez menos segura, ni siquiera para obtener esas rentas de situación que les permitían mantener su posición”.
Y no sólo el capital nacional es mucho más débil que el internacional, sino que el tipo de instrumentos con el que obtenían sus recursos, como las empresas locales, las constructoras o los puestos de alta dirección en firmas españolas parecen hoy menos seguros y más difíciles de transmitir. Y eso sin contar con que las empresas ligadas a la economía productiva, y entre ellas muchas pymes, lo van a tener difícil en los próximos tiempos, dado que se ven sometidas a gastos fijos elevados, a retribuciones y márgenes cada vez más estrechos y a una concentración del mercado que les hace un daño notable, además de un sistema impositivo que no las beneficia.
La pregunta, por tanto, es qué va a pasar con la clase media alta nacional ligada al territorio, y si desaparece, qué vendrá a sustituirla
Esta es la primera parte del reportaje 'La decadencia de la clase media alta nacional'. La segunda se publicará mañana.
Las nuevas élites que están acabando con las clases medias altas nacionales

Si hay algo nuevo en la situación de las clases medias altas contemporáneas, es la conciencia de que están inmersas en sociedades que están cambiando profundamente, y que el resultado quizá no les vaya a ser favorable. La crisis no les ha afectado en exceso, ya que la mayor parte de sus integrantes ha conservado su posición, pero sí ha hecho evidente que las cosas no serán igual. Más que la idea de que su clase vaya a desaparecer, lo que les asusta es que son conscientes de que su destino individual es mucho menos seguro: saben que mucha gente de su entorno va a perder pie y tratan de no ser uno de ellos.
Correr más para llegar al mismo sitio
Las bazas que se ponen en juego para continuar en la carrera, señala el catedrático de sociología de la Universidad Autónoma de Madrid Luis Enrique Alonso, son las habituales, como las trayectorias personales, el capital social y el relacional, sólo que ahora se utilizan con mucha más intensidad. “Deben emplear, sólo para conservar su posición, un volumen de recursos mucho mayor: más viajes, más idiomas, más títulos. Y no se trata únicamente de los jóvenes, también el profesional tiene que invertir mucho más en disciplina y en tiempo para no ser excluido. Las situaciones regaladas son mucho menos frecuentes, por lo que también juega como factor fundamental para no caer en la escala social el patrimonio acumulado. Se ha de recurrir a él con mayor frecuencia”.
Por cada puesto creado en la economía del conocimiento, hay tres personas empleadas en la economía de McDonald's
En esa carrera en la cinta mecánica en que se han convertido las trayectorias laborales para las clases medias altas, los mecanismos que permiten obtener recursos patrimoniales son diferentes. Por una parte, porque como aseguran Mats Alvesson y André Spicer, profesores de la universidad de Lund y de la Cass Business School, en 'The Stupidity Paradox', por cada puesto creado en la economía del conocimiento, hay tres personas empleadas en la economía de McDonald's, lo cual aumenta la dificultad para encontrar un empleo que asegure el nivel social: hay menos puestos y más aspirantes, lo que estrecha definitivamente las posibilidades.
Hay mucha batalla en esos niveles y muchas familias adineradas se han dado grandes batacazos debido a las inclemencias de los mercados financieros
En segunda instancia, sus rentas patrimoniales, típicamente provenientes del sector inmobiliario, ya no son tan atractivas en un instante de crisis, y más cuando los impuestos han subido y seguirán subiendo para devolver la deuda. La deriva de los recursos de esos sectores hacia la inversión financiera ha sido el movimiento usual, pero genera mucha más incertidumbre. Como señala el economista Eduardo Garzón, “no hay duda de que quienes arriesgan su capital en los inestables mercados financieros tienen mucho que perder en las crisis, aunque también mucho que ganar. Al fin y al cabo, hay mucha batalla en esos niveles y muchas familias verdaderamente adineradas se han dado grandes batacazos debido a las inclemencias de los mercados financieros. De hecho, todo apunta a que la política monetaria extremadamente expansiva de los bancos centrales está calentando demasiado la economía financiera, y que mientras ese dinamismo no sea compensado por un dinamismo similar en la economía real, nuevas crisis financieras de enorme envergadura harán aparición, asestando un duro golpe al patrimonio de muchas familias acaudaladas”.
Ansiedad, pero no privación
Este es el último problema para la clase media alta, que la economía real no va bien, y desde luego no al ritmo que necesita la economía financiera. En este contexto, la clase media española muestra síntomas de agotamiento, pero según afirma el profesor de sociología en la Universidad de Zaragoza Pau Marí-Klose, no demasiado preocupantes. “Si bien en muchos de estos hogares las situaciones de adversidad han supuesto un primer golpe duro, que ha generado ansiedad, han sido superadas tras un tiempo gracias a los recursos económicos de que disponían, y cuando se agotaban, al apoyo de familiares y otras redes sociales. Su colchón en forma de indemnizaciones por despido, prestaciones sociales, ahorros, y sobre todo al hecho de que han sido hogares ricos en trabajo (donde trabaja más de una persona) les ha otorgado grandes márgenes. Además, las clases medias altas son ricas en capital relacional”.
He encontrado a pequeños empresarios empeñados en salir adelante, adaptándose a nuevas demandas, aguantando muchísimo antes de darse por vencidos
En cuanto a sectores, un estudio realizado por Xavier Martínez-Celorrio, profesor de sociología de la Universidad de Barcelona, señala que la clase profesional experta, que incluye también a la clase directiva, es la que ha gozado de una mayor protección y mantenimiento de estatus ante la crisis, pero aún así un 17% ha caído de clase social.
Quienes han acusado algo más el golpe son los empresarios y autónomos, como señala Marí-Klose. “Existen ciertamente casos extremos, sobre todo en el mundo de las pymes. Empresarios que habían tenido mucho éxito en la época de bonanza, y de repente sufren caídas drásticas, que a veces presentan perfiles más dramáticos, cuando la acumulación de deudas ligadas a inversiones realizadas para expandirse impide remontar cuando la situación mejora, y cunde la frustración. En mis entrevistas cualitativas me he encontrado bastantes pequeños empresarios ahora ahogados por las deudas, que coartan su capacidad de echar adelante su negocio o de emprender en otro tipo de actividades. Pero todos tuvieron en sus malos momentos algo a lo que agarrarse (una pareja que trabajaba asalariada y aseguraba ingresos, una familia que acudía a su rescate, etc.). Además, la clase media alta ligada a la pequeña actividad empresarial es mucho más resiliente de lo que a veces nos imaginamos, y consigue mejor o peor, mantener sus actividades 'territorializadas' a flote. He encontrado sobre todo a pequeños empresarios empeñados en salir adelante, adaptando sus empresas a nuevas demandas, explorando nuevos nichos de negocio, aguantando carros y carretas antes de darse por vencidos”.
La economía real, víctima
Sin embargo, esta pelea tiene mal destino como clase, aunque la suerte de sus componentes sea dispar, ya que, como asegura Luis Enrique Alonso, “la economía de los flujos está hegemonizada internacionalmente y la financiarización tiene sus víctimas entre los grupos ligados a la economía real, aunque sea una economía real regresiva como es la española”. En un contexto global, “cualquier compañía financiera internacional tiene una capacidad mil veces mayor de despliegue de estrategias. La clase media alta nacional es hoy totalmente dependiente de los circuitos internacionales de colocación de capital, y los fondos especulativos, los de alto rendimiento, pueden desplazar a cualquiera de un papirotazo. España cada vez está más desvinculada de los modelos territoriales, y sólo quedan las eléctricas, que están apoyadas políticamente, y los bancos, que han crecido y son un agente más de la financiarización internacional. El Banco Santander o el BBVA se llaman así como podrían llamarse Banco de Laos”.
No piensan en términos de nación o de patria, sino de afinidades con otros miembros de su clase, al margen de su lugar de nacimiento
La cuestión última, afirma Alonso, es que la financiarización ha modificado todas las estrategias. En un capitalismo globalizado, en el que la economía penetra y perturba las divisiones nacionales de clase, se están creando grupos sociales que aprovechan sus habilidades y posibilidades de formación para extraer oportunidades de cualquier lugar. Las nuevas élites no son nacionales, sino que se mueven en redes globales: envían a sus hijos a estudiar al extranjero, viajan fuera de su país a menudo, tienen cuentas bancarias en distintos países y encuentran sus empleos y sus oportunidades de negocio en firmas transnacionales y ciudades cosmopolitas. No piensan en términos de país o de patria, sino de afinidades con otros miembros de su clase, al margen de su lugar de nacimiento.
En este mundo de élites y redes globales, las clases medias altas nacionales tienen mucho que perder
Estas son las capas sociales triunfadoras, y a introducirse en ellas aspiran las clases medias altas nacionales, sabedoras de que su destino depende de la posibilidad de hacerse un espacio en esos circuitos laborales, culturales y económicos. Dado que la vinculación a los territorios ya no es vista como una salvaguarda sino como una trampa, insisten en que las empresas deben internacionalizarse, en que las pymes están obligadas a crecer si quieren sobrevivir, y en que las posibilidades de desarrollo profesional pasan por el cosmopolitismo. Como subraya Alonso, “igual que antes enviaban a sus hijos a los jesuitas, ahora los matriculan en colegios internacionales o los mandan a que cursen la carrera en Estados Unidos”.
El problema es que ese deseo suele encontrarse de forma brusca con la realidad, porque supone jugar en un espacio en el que la competencia es mucho mayor, donde su red de relaciones es mucho más débil, y para el que no siempre cuentan con el capital preciso. En este mundo de élites y redes globales, las clases medias altas nacionales tienen mucho que perder.
La crisis del cuarto de edad: cuál es de verdad la peor época de nuestras vidas

Durante mucho tiempo se ha señalado que la adolescencia, en concreto la tardía, es una de las épocas más complicadas de nuestras vidas, puesto que es aquella en la que nuestras ambiciones empiezan a dispararse pero aún carecemos de los medios necesarios para alcanzarlas. La situación parece estar cambiando o, mejor dicho, alargándose, como sugieren varias investigaciones publicadas este mismo año, y que recuerdan que la época más frustrante, triste y complicada de nuestras vidas se encuentra en un momento cercano a nuestro 30 aniversario.
Es probable que la postergación de la llegada de la era adulta –propiciada por una miríada de factores, desde los laborales como las altas tasas de desempleo juvenil a las culturales como el aumento en la edad a la que uno se casa por primera vez– tenga mucho que ver. Como sugiere una investigación publicada en 'Emerging Trend in the Social and Behavioral Sciences', se ha producido una evolución desde las definiciones tradicionales y universales de la era adulta a otras mucho más diversas: sin embargo, la percepción que tanto los jóvenes como los propios adultos siguen teniendo de estas diferentes definiciones de la madurez siguen estando determinadas por ideas de épocas pasadas.
A veces no tienen trabajo, a veces consideran que están subempleados, pero todos ellos tienen en común que se sienten incompletos
No es el único. Otro estudio de índole más psicoanalítica publicado, esta vez, en 'Psychological Perspective', recuerda que apenas se ha prestado atención al estadio del desarrollo que Jung consideraba “la primera mitad de la vida” (una de las célebres citas del suizo aseguraba que “la primera mitad de la vida se destina a formar un ego saludable, la segunda mitad a librarnos de él y explorar nuestro interior”). Mientras que antes los adultos resultaban de gran ayuda a la hora de facilitar esta transición entre épocas, la mayor parte de jóvenes carecen actualmente de dichas referencias, quizá precisamente porque aún no existen términos ni reglas para entender dicha época vital situada entre la juventud y la madurez, y que cada vez es más larga.
En otras palabras, si tan mal lo pasan aquellos que están a punto de cumplir los 30 o que lo han hecho recientemente, en comparación con otras edades es porque, como señala el investigador de Happify, Inc. Ran Zilca en un artículo publicado en 'Harvard Business Review', se trata de una época crítica en cuanto que el individuo empieza a disfrutar de cierta independencia (se independiza, consigue su primer trabajo serio, sus relaciones amorosas empiezan a ir más en serio) y, no obstante, sigue siendo tratado como un niño por los mayores. Paradójicamente, a una edad en la que hace tan solo unas décadas uno era un adulto de pleno derecho.

Durante esta crisis de identidad, mucho sienten una intensa soledad. (iStock)
- El término 'quarter life crisis' (algo así como “crisis del cuarto de edad”) se ha popularizado para referirse a ese período de vida marcado por el estrés de convertirse en adulto. Ya lo utilizó un artículo publicado en 2004 en 'The Boston Globe' que se refería a esa juventud “desempleada en algunos casos, en otros muchos subempleados, pero que en todos los casos se sienten incompletos”. Zilca también recurre a dicho concepto para referirse a esa etapa en la que se ha multiplicado el número de personas que sufren depresión, como los propios datos recabados entre 88.000 cuestionarios por su compañía, Happify, demuestran: “Mirando en primer lugar a las autoevaluaciones de estrés continuo, encontramos que la gente experimentaba un incremento agudo en los niveles de estrés a finales de la veintena y principio de la treintena”.
- A medida que pasan los años, esta insatisfacción, estrés y frustración aumentan. Sin embargo, aquí es donde llegan las buenas noticias: a pesar del crecimiento de estos factores en principio negativos, se empieza a disponer de herramientas que nos ayudan a hacerles frente de forma mucho más satisfactoria y a proporcionar una mejor respuesta emocional. “Este proceso positivo comienza después de la crisis del cuarto de vida y continúa a medida que la gente encuentra nuevas maneras de lidiar con los factores estresantes interpersonales, laborales y familiares”.
Muchos se sienten en una “falsa madurez”, ya que han aceptado algunas de las responsabilidades de la era adulta pero aún no se sienten percibidos como tales
Es durante la época previa en la que se produce el conocido como estado de “vagabundeo mental” (“mind wandering”) relacionado con una menor felicidad y que impide al que lo sufre que pueda concentrarse en una única actividad. Y, como señala la investigación llevada a cabo por Richard A. Settersten, Timothy M. Ottusch y Barbara Schneider, de las Universidades de Oregon y de Michigan, está causado ante todo por la incomprensión que los ya no tan jóvenes sienten por la manera en que son tratados en su familia y en la universidad.
Las cuatro fases de la depresión veinteañera
Es la gran aportación de Zilca en el artículo publicado en 'HBR': no solo los jóvenes se sienten insatisfechos, sino que además, suelen compartir un mismo proceso vital conformado por cuatro fases y del que emergen con más confianza, seguridad y ya como unos adultos de pleno derecho. ¿Cuáles son, según el investigador, estas etapas vitales que todos nos hemos visto obligados a quemar en mayor o menor grado?
- Atrapado: la postadolescencia es el momento de aceptar las primeras responsabilidades y compromisos. Esto se traduce en comenzar una relación seria, alquilar o comprar un piso, elegir una carrera profesional y descartar otras o, en definitiva, cualquier decisión que puede provocar una sensación de angustia. Ya no hay marcha atrás (aparentemente).
- Abandono: muchos de los jóvenes se sienten inmersos en una “falsa madurez”, ya que han aceptado algunas de las responsabilidades de la era adulta pero aún no se sienten percibidos como tales. Por lo tanto, en algún momento pueden tomar la decisión de romper con esos lazos que los atan y dejar a su pareja, abandonar su trabajo, cambiar de piso, mudarse a otra ciudad, volver a casa con sus padres…
- Soledad: la etapa crítica, producto de la incapacidad de hacer frente a los retos de la edad adulta. Es en este momento en el que se disparan las depresiones relacionadas con la soledad y el aislamiento; pero también el momento en el que terminan “saliendo y explorando nuevas aficiones, intereses y grupos sociales”. Bienvenido a la edad adulta.
- Un nuevo yo: una vez se ha producido ese proceso de reevaluación, emerge de la crisis una nueva persona, “más feliz, más motivada, y con una dirección más clara”. Aunque el autor recuerda que, como todo proceso crítico, este puede ser doloroso, “es también una tremenda oportunidad de crecimiento, ya que puede dar lugar a individuos que lleven vidas más felices y con un mayor significado”.
- Fuente: http://www.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/2016-06-10/crisis-cuarto-edad-veinteaneros-treinteaneros_1201482/
Evita Produce estrena "Mi última noche con Sara"
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LOS NUEVOS ESPACIOS DE DOVER STREET MARKET GINZA
TOKIO.
Como ya ocurrió en los emplazamientos de Nueva York y Londres, la tienda de Dover Street Market del barrio de Ginza ha renovado sus espacios con el objetivo de crear una imagen llamativa y atractiva a la hora de presentar las nuevas colecciones de Otoño/Invierno en cada una de sus seis plantas.Además de los renovados espacios, Dover Street Market ha introducido nuevas e interesantes marcas para ampliar las que ya contaba con anterioridad, como Maison Margiela, Louis Vuitton o Comme des Garçons, entre otras.Entre las propuestas más interesantes nos encontramos con los corners realizados para Gucci, Exclamation Space – Play Comme des Garçons Gold Heart y AESOP.





Fotos: Dover Street Market.
